junio 20, 2012

Colosio. El asesinato: ¿un voto contra el PRI?

¿Se puede ver Colosio. El Asesinato y aún así votar por el PRI el ansiado domingo 1º. de julio? En México todo es posible. El cinismo. El valemadrismo. La vista gorda. La impunidad. El crimen de Estado. El olvido. ¿La reinvención? ¿La regeneración? ¿La modernización? Ya veremos.

La película de Carlos Bolado es oportuna, correcta, trepidante, envolvente y muy provocadora. Provoca, sí, el análisis, la crítica y la reflexión. Sin duda es un elemento más, totalmente válido –en medio de la propaganda, del inclemente espoteo, de los linchamientos entre tirios y troyanos en las redes sociales- en pos de un voto informado. Bien contextualizada, precisa en los deslindes, reconoce abiertamente, de entrada, que es una ficción a partir de hechos reales. La cinta regresa bien en el tiempo y muestra la amalgama de conflictos de aquel hervidero de pugna política, de inquietud social (firma del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas, y estira y afloja entre grupos de poder, los “científicos” y los “políticos”, por solo mencionar algunos).

A la par de la exposición de diversos hechos tomados de la historia, corre la microhistoria de Andrés (José María Yazpik) y Verónica (Kate del Castillo), un investigador policiaco y su esposa, periodista radiofónica, que quieren embarazarse sin dejar de actuar en la peculiar circunstancia. Es asombroso, en verdad, el trabajo de Hugo Rodríguez, Miguel Necoechea y Carlos Bolado, quienes vierten en el guión muchos pasajes relevantes del abultado informe de la fiscalía del 2000, que reunió más de tres mil páginas. Es admirable el oficio y la buena factura cinematográfica de Bolado, quien consigue uno de los mejores thrillers en la historia del cine mexicano, un ameno ejercicio de suspense; cine comercial, entretenido, que plantea interrogantes necesarias, que ofrece una perspectiva de la historia reciente.

¿Y qué decir de la sobresaliente dirección de actores y del certero casting? Daniel Giménez Cacho, haciendo gala de una muy creíble perversidad, de un acendrado maquiavelismo, encarna con brillantez al hombre de confianza del presidente, a su jefe de oficina, a su brazo derecho. Una actuación que merece un Ariel, y mucho más.

Como toda buena ficción, este thriller político termina diciendo mucho, tanto o más que la realidad misma. Personajes parecidos a José María Córdoba Montoya, a Raúl Salinas de Gortari, a los hermanos Ruiz Massieu, a Carlos Hank González, a Fernando Gutiérrez Barrios, a Pedro Aspe, y a Manuel Camacho Solís ilustran muchos usos y costumbres del Partido de la Revolución Institucionalizada, de la clase política mexicana toda.

¿Se puede votar por el PRI después de ver Colosio. El asesinato? Se debe votar. Y mantenerse despiertos, memoriosos, atentos. Gane quien gane. –Jordi Torre.

mayo 23, 2012

Los tachados en Cannes

“¿Roberto, sabes guardar un secreto?”, le preguntó desde Francia Rémi Bonhomme, programador de la Semana de la Crítica del Festival de Cannes,  al cineasta mexicano Roberto Duarte. La pregunta lo sorprendió, pero algo conocía sobre guardar secretos: en su familia nadie habló por años de dos personajes que Esperanza Guerra, la abuela, tachó y borró de todas sus fotografías.

“No puedes decir nada hasta que se haga pública la lista de películas de la Semana de la Crítica 2012”, completó Bonhomme. Y otra vez Duarte a guardar secretos: su documental Los tachados estaba seleccionado.

Roberto Duarte (1978) estudió cine en Malmö, Suecia, donde vive hace nueve años. Una mañana Rosa María, su madre, lo llamó por teléfono: “La abuela cumple 90 años y quiero que le hagas un video”. Rosa María pidió no mencionar nada sobre los tachados. La respuesta de Duarte fue inmediata: “Sí, quiero hacer una película del porqué esos dos personajes no se mencionan en la familia”.

Duarte viajó a México con el fotógrafo Jens Molander quien, cámara en mano, lo seguiría en su búsqueda “Durante tres semanas averigüé más de mi familia de lo que supe en treinta años”, señala Roberto Duarte para Nexos. El resultado de esas tres semanas de grabación y año y medio de edición es el cortometraje documental Los tachados, que compitió en el Festival Internacional de Morelia 2011. “Cuando decidí hacer la película no me imaginé que iba a competir en Morelia y menos que iba a llegar a Cannes; lo importante para mí era atreverme a hablar con la familia”, recuerda el editor y colorista mexicano.

Y la familia habló. Lo hizo frente a la cámara. Rosa María, Estela y Jorge Guerra cuentan cómo eran Yolanda y Randy, sus hermanos, los dos hijos que Esperanza tachó de la memoria fotográfica. Yolanda era la hermana mayor de los cinco hermanos; Randy, el más pequeño. Conforme las conversaciones avanzan, los motivos de su desaparición se perfilan: tal vez una relación entre ellos, tal vez la homosexualidad de Randy, tal vez una muerte sin explicación o la simple irreverencia para irse lejos y nunca volver.

Todas las funciones de Los tachados durante el Festival de Morelia estuvieron llenas. El público se mantuvo en vilo durante los treinta minutos que dura el documental. También en vilo estuvo la familia Guerra que, por primera vez, vio su historia en pantalla. Duarte recuerda esa función: “Estaba muy nervioso porque mi madre y mis tíos estaban allí. Les gustó mucho, de tantas cosas negativas que han pasado en la familia este documental es algo positivo que por fin los liberó”.

Y de Morelia a Cannes. La Semana de la Crítica programa desde el 2004 una selección de los cortometrajes exhibidos en el festival moreliano. Los tachados no se llevó algún premio del jurado pero Bonhomme ya le había echado ojo y decidió invitarlo.

En los días de grabación en México la relación entre Duarte y su abuela se hizo más cercana. Esperanza festejó su cumpleaños y bailó con su nieto, conoció a su bisnieta, permitió la presencia de la cámara mientras conversaban. En una de esas hasta le contó porque había tantas fotos en su casa: una afición del abuelo en donde el foco central eran sus hijos. Todos los negativos aún los conservaba.

También conservaba una fotografía sin tachones ni enmendaduras. Duarte pidió a su abuela que se la mostrara. La cercanía y destreza del fotógrafo Molander logró capturarla algunos segundos antes que Esperanza cerrara de tajo el álbum familiar. Es la herencia de Roberto, se lo prometió Esperanza.

El documental también incluye una visita con la abuela a la residencia donde alguna vez vivió la familia Guerra completa. Allí encontraron al propietario actual de la casa, quien le pregunta sobre su hijo: “Se murió”, murmura Esperanza y evade a la cámara.

Antes de regresar a Suecia, Duarte enfrentó a su abuela. “El día que finalmente hablé con ella supe que tenía mi película”. Esperanza le contó qué había pasado con Yolanda y Randy, le confesó que su dolor fue tan profundo que decidió no volver a hablar de ellos. Duarte guardó la cámara durante esa conversación. “Tuve ofertas de productoras para apoyar mi documental si incluía esa entrevista, y decidí no hacerlo: esto me lo quedo yo”. Y otra vez Duarte guardó un secreto.

El público que asista a la función de Los tachados en Cannes podrá conocer las figuras de Yolanda y Randy. En pantalla, Duarte restaura las fotografías rayadas para darles rostro a sus dos tíos olvidados. Con ello cumplió su cometido: “Hacer cine permite arreglar problemas. En mi caso la relación entre la familia cambió. Los tachados es una historia universal porque todas las familias tienen un secreto guardado”, señala Duarte.

Pero Los tachados ya no es un secreto, aunque sí “un sueño hecho realidad” para su realizador. Este 23 de mayo se exhibe en el Espace du Miramar, la sala de proyección de la Semana de la Crítica del Festival de Cannes que ha visto pasar los primeros pasos de Bernardo Bertolucci, Ken Loach, Wong Kar-Wai, Guillermo del Toro, Alejandro González Iñárritu y, ahora, los de Roberto Duarte. –Mariana Linares Cruz (@mlinarescruz)

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mayo 21, 2012

Aquí entre nos y sin pretensiones

Recuerdo bien la última vez que creí tener enfrente una buena película mexicana. Veía la comedia romántica  titulada Sexo, pudor y lágrimas. Todo iba muy bien, un poco de humor obsceno, un poco de drama conyugal, un poco de reflexión sobre la vida y seis personajes con profundidad existencial narrando una historia de descubrimiento y reconciliación. En la parte final de la película, justo cuando estaba a punto de apuntarla en mi lista de favoritas, uno de los personajes decide tomarse unos tragos y lanzarse por el tiro de un elevador terminando así su vacía existencia. Para mí fue una gran sorpresa: durante más de la mitad de la película el tipo se veía contento y tranquilo. Cualquiera me dirá que debajo de esa risa había una mueca y lo entiendo, pero no veo por qué los cineastas mexicanos tienen que ser tan melodramáticos. Mucha gente va por la vida alivianada y contenta sin pensamientos suicidas y, para mí, el final arruinó la película. Para algunos, en cambio, no es cine a menos que haya una denuncia del estilo de vida libertino y relajado, a menos que haya castigo cuando se es infiel a la pareja. El cine está para demostrar que la vida es una mierda y más en México.

No tengo nada contra películas como El infierno o Miss Bala, pero me gustaría que estuvieran rodeadas de más cintas con distintos puntos de vista, de una variedad más grande de historias. Parece que de lo único que se quiere hablar en este país es de lo mal que estamos. No niego que esa realidad existe, pero no se puede vivir solo de sombras y malos augurios.

Todo este preámbulo para elogiar un film que muchos críticos califican como liviano, fácil, pero que me encantó precisamente por estas características. La película se llama Aquí entre nos; la protagonizan Jesús Ochoa y Carmen Beato, y la dirige Patricia Martínez de Velasco.

Un matrimonio de clase media sufre las consecuencias del desgaste que infligen 17 años de convivencia criando hijas y manteniendo el hogar. El humor lo dan los actores, en particular Jesús Ochoa, que logra arrancar carcajadas con solo verlo frente a la cámara.

La historia comienza cuando Rodolfo Guerra (Jesús Ochoa) decide tomarse unos días libres de la chamba, porque está hastiado de su rutina laboral . Al quedarse todo el día en su casa, comienza a darse cuenta de que sus tres hijas llevan una vida de la que él esta excluido, lo que desata cualquier cantidad de desencuentros, tanto con las hijas como con su esposa Miriam (Carmen Beato).

La historia está armada de forma impecable, con una sencillez y coherencia que se agradecen en el cine de hoy. No tiene grandes pretensiones, ni se propone educar al espectador sobre los misterios de la vida, pero precisamente por ello logra tocar una vena íntima. El rencuentro de Rodolfo Guerra con sus hijas y su mujer después de 17 años de vivir con ellas en la misma casa es lo que añade un toque de realidad a la película, ya que podría describir a millones de familias. Patricia Martínez de Velasco muestra una verdadera comprensión de lo complicado que es mantener las relaciones de familia, así como lo importante que resulta nunca perder el buen humor frente a las adversidades cotidianas. Puede que para algunos espectadores todo parezca muy sencillo. Sólo puedo decirles que se equivocan. La sencillez es lo más difícil de lograr y es justamente lo que necesita el cine mexicano.

Es imposible competir con los presupuestos de los estudios norteamericanos para hacer películas de acción, ciencia ficción o de época, pero México puede mostrar varias de sus facetas en unos cuantos rollos de película. Yo quiero ver a México en las pantallas, ver nuestras ciudades, nuestras historias, que se refleje nuestro pequeño fragmento del mundo, que es pequeño pero genial. Un crítico de la Internet Movie Data Base describió a Aquí entre nos como una película muy efectiva y tradicional. Me parece una caracterización justa. Es una comedia romántica perfecta que me recuerda el espíritu de la vieja cinematografía mexicana, el de las películas protagonizadas por Pedro Infante. Todas eran comedias sin gran pretensión,que alcanzaron un estatus icónico por su popularidad.

Corrían otros tiempos y la idealización del charro mexicano resultaba un poco descabellada. Sin embargo, eran películas para pasarla bien. Había romances llenos de malentendidos, pero con finales felices. La pantalla hizo grandes a sus actores e inmortal a la música de la época. Ahora tenemos pocas imágenes en el cine que describan el México de hoy y la mayoría solo quieren mostrar la miseria, la corrupción y la violencia. También por eso se cree que el México de hace 50 años era mejor, lo tenemos idealizado en las películas que capturaron una época.

Aquí entre nos es un paso en la dirección correcta para nuestro cine, al poner la mirada en cómo vive la gente en México, sorteando los problemas cotidianos con imaginación y perseverancia. Aquí entre nos ofrece una agradecible  rebanada de vida diaria. –Mateo Aguilar Mastretta

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