marzo 23, 2012

El regreso de Community

 

El internet puede dar la ilusión de que a todos nos gusta todo. No hace falta más que unos minutos en blogs y periódicos para descubrir que Community es una de las series más queridas y admiradas de los televidentes y críticos. Esto no es fortuito: Community se ha hecho de un gran nicho por ser homenaje, parodia, crítica y parte de la cultura pop. La evolución de la serie creada por Dan Harmon es abismal. Pasó de ser una serie con una premisa bastante normal y común, el renegado que llega a un lugar donde no quiere estar, a una serie donde las historias del grupo no giran en torno a Jeff Winger (Joel McHale), el egocéntrico y, aparente, personaje principal.

Los rumores de cancelación se hicieron cada vez más fuertes y,  de pronto, la NBC decidió darle vacaciones indefinidas. No sabemos si fue el apoyo de los fans cibernéticos o la presión de los ejecutivos, lo cierto es que el paro no duró mucho y, hace unos días, Community regresó, sin importar que las probabilidades de una cancelación definitiva al final de temporada sean realmente altas.

Community había tratado líneas y personajes que salían de su premisa principal (la historia de amor entre Jeff y Brita, la vida universitaria, etc.) y, en la mayoría de los casos, los episodios se volvieron en verdaderas joyas metatelevisivas, homenajes y parodias del cine de género y brillantes cambios narrativos (ejemplos sobran: “Abed’s Uncontrollable Christmas”, “Remedial Chaos Theory”, “Documentary Filmmaking: Redux”). Uno pensaría que el regreso de Community debería ser una obra maestra que demuestre ser capaz de sostenerse por sí sola, sin embargo, “Urban Matrimony and the Sandwich Arts” es uno de los episodios más flojos de toda la serie.

La trama se enfoca en la boda del personaje menos interesante y más aburrido de Community y una aparente boda. El episodio juega con los conceptos del melodrama más ridículo y soso, las situaciones sin sentido parecen más ridículas que parodias y, por si fuera poco, todo parece un relleno insoportable. Una burla de sí misma que no ayuda a la causa. Por fortuna siempre contamos con Abed (interpretado de manera magistral por Danny Pudi), pero la serie no puede ser un one-person show.

Al final del episodio 500 de The Simpsons, justo antes de dar paso a los créditos, la pantalla se volvió negra y apareció un mensaje pidiéndole al televidente  que “[salga] por un poco de aire fresco antes de que entres a internet y digas lo malo que fue” (y qué malo). Lo contrario debería aplicarse a Community. -Joaquín Guillén Márquez (@joaguimar)

marzo 21, 2012

Shame y la Revolución Sexual Interrumpida.

Hace mucho que una secuencia cinematográfica no me causaba tal malestar físico. Una opresión en el pecho. En la pantalla, sangre, mucha sangre, en un baño blanco, luminoso. El piano de Glenn Gould en la banda sonora. Bach en situación trágica. Pero Shame: deseos culpables, del artista plástico y cineasta inglés Steve McQueen es, ante todo, sexo. Obsesivo. Angustiante. Doloroso.

Tras la notable Hunger (2008), en la que daba su versión del vía crucis del activista irlandés Bobby Sands, McQueen se traslada a Manhattan para narrar la historia de Brandon y Sissy, dos hermanos flagelados por una obsesión sexual que no se antoja. No, no se envidia demasiado al Brandon que consume prácticamente todas las variantes disponibles en el mercado sexual  (prostitución, sexo virtual en la red, sexo casual, dark rooms, you name it). En esta balada no solo de la dependencia, sino de la ansiedad sexual, los días transcurren con contactos oculares en el metro, miradas a traseros en la calle, onanismo en la oficina y la casa. McQueen parece adoptar al germano-irlandés Michael Fassbender como su actor talismán y aquí lo dirige con tino en un papel tan fascinantemente torcido que podría recordar al mejor James Spader –el de Sex, Lies and Videotape (Soderbergh, 1989), Crash (Cronenberg, 1996) y Secretary (Shainberg, 2002). Además, lo desnuda integral, aunque no frontalmente, como para atender el viejo reclamo “¿por qué siempre son las mujeres las que se desvisten en las películas?” Pero quien le preste más atención a su pene que a su rostro dejará escapar a un actor bien dotado.

Shame es un relato contemporáneo, de alienación, anomia y carencia de contacto humano; sobre todo, es un relato controvertido. La línea argumental es tan simple como la decoración de los espacios privados en los que se desarrolla. Minimalismo emocional en la ciudad que nunca duerme. Y sí, la memorable deconstrucción de “New York, New York”, con la lánguida voz de Sissy (Carey Mulligan), puede escucharse como otra manera de entonar la transformación de la euforia en incertidumbre. ¿A dónde se fue la Revolución Sexual?  ¿Quién interrumpió el feliz coito de la sociedad industrializada? Brandon es, a su manera, un Midnight Cowboy  (John Schlesinger, 1969): un soltero (no prostituto) sin ánimo ni capacidad para comprometerse en pareja que se siente relativamente satisfecho por tener un empleo y un departamento en la gran manzana, aunque sea incapaz de procurarse una intimidad satisfactoria.

Este torpe e impresionable comentarista se cura en salud, no quiere buscarle chichis a las hormigas, ni hacerse chaquetas mentales; sólo desea compartir su humilde noción de que Shame coloca al espectador, de manera no ortodoxa, ante el poderoso misterio -paraíso, némesis- de la sexualidad.  –Jordi Torre

marzo 13, 2012

La dama de hierro deslactosada, descafeínada y apolítica

Al paso que vamos, cualquier biopic de gran presupuesto le prenderá incienso hasta el grado de la zalamería al líder o lideresa política que aborde. Ya nos referíamos en estos ámbitos a algunas producciones recientes sobre Adolf Hitler y Edgar J. Hoover. Ahora le ha tocado su beatificación a la baronesa Margaret Thatcher, mejor conocida como “La dama de hierro”. No se le exija perspectiva crítica o posición política a un filme dirigido por Phyllida Lloyd, en cuyo currículo reluce Mamma Mia!.

Lo que mejor hace esta cinta es apuntalar a la Thatcher en el santoral de los idolillos de la Revolución Conservadora, esos que lucharon como aguerridos cruzados contra un comunismo ineficiente tocado de muerte e hicieron de privatizaciones, desregulación, lucha frontal contra los sindicatos y aplausos entusiastas y acríticos a la mano invisible de Adam Smith sus lemas de batalla. Con esta clase de guionistas y cineastas cabe esperar que de un momento a otro Ronald Reagan y Karol Wojtyla se transformen, también, en súper héroes aún más intachables que Iron Man, El Hombre Araña, Gatúbela o Batman.

Quizá por lo anterior resulte aún más aplaudible la actuación de Meryl Streep. La mejor actriz de cine del siglo XX, y lo que va del XXI, dicta cátedra de lo que significa no sólo ponerse en los zapatos de la primer ministro, sino de lo que es respirar a través de cada uno de sus poros (asombrosamente maquillados, por cierto). Streep, la versátil actriz liberal estadounidense, no tiene empacho en interpretar a la recia política conservadora inglesa. Entre el ícono y el monstruo, dice, se propuso ofrecer la visión de un ser humano, que luchó, a su manera, contra la discriminación de género, abrió caminos, se aferró a creencias, y en algún momento de su vida también ha sufrido demencia senil, soledad y aislamiento.

Gran actuación de la Streep en un filme entretenido, pero descafeínado, y, lo que es peor, peligrosamente apolítico. Ésta no es la mirada definitiva sobre los años de Thatcher. Estos, curiosamente, pueden repasarse, como en abigarrado rompecabezas, lo mismo en Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000) que en Hunger (Steve McQueen, 2008), en varias cintas de Ken Loach y en diversas películas inglesas. El Thatcherismo fue mucho más que el triunfo legítimo de una mujer en un mundo de hombres, pero de ello no queda registro en esta mirada complaciente.  – Jordi Torre

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