agosto 14, 2012

Woody Allen en Roma: turismo y tercera edad

Hay comentaristas que son incondicionales de, digamos, Andrés Manuel López Obrador, “el dueño de la izquierda mexicana”, como le dice uno de sus más severos críticos. Este comentarista se confiesa incondicional de Woody Allen. O eso creía. Tras ver De Roma con amor (2012) ha decidido desmarcarse, tomar una sana distancia frente al chaparrito de las gafas y los kakhis. No deja de reconocer que estamos hablando de un venerable creador de la tercera edad –en diciembre cumplirá 76 años– y que al menos desde el lejano 1982 no ha dejado de escribir y dirigir una película al año. Emulable ética protestante la de este laborioso judío.

Este acólito de Allen ha dicho muchas veces que una mala película del neoyorquino es mejor que el promedio de la cartelera. Es probable. El realizador tiene su público y a éste le gustan –nos gustan– sus enredos emocionales, sus referencias culteranas, sus peripecias existenciales y psicológicas. Pero hay que decirlo en honor a la verdad: Woddy Allen ha llegado a la edad del mero divertimiento, del pasatiempo palomero, de la tarjeta postal con personajes chistosos en relieve.

Tras sus vacaciones por Londres, Barcelona y París –ya había estado hace tiempo en Venecia–, Allen desempaca en la capital italiana para, con “Volare” de fondo, mostrar cuatro historias simultáneas. Provocan risitas las situaciones y procederes de este puñado variopinto de personajes –el elenco italiano y americano es llamativo, lo mismo Roberto Benigni que Alec Baldwin–, pero todo parece asumir la mera pretensión del pasatiempo. El enredo. El enamoramiento. Todo es bien ligerito en To Rome with love. Encantadoras locaciones que ahorran (o antojan) unas vacaciones en Roma. Reflexión endeble sobre la fama. Apunte absurdo (y risible) sobre la ópera, la alta cultura, el arte de vanguardia y la capacidad que muchos tienen de cantar divinamente en la regadera. Penélope Cruz en ceñido y corto vestido rojo, encarnando a una prostituta. Y siempre, como constantes en la obra de Allen, las inquietudes del corazón, de la carne, del pecado y el deseo.

Este comentarista no tiene bolita de cristal para saber si con De Roma con amor se confirma el indeseable e irreversible declive final de Woody Allen, si con esta producción comienza –suenen violines– su postrer canto de cisne. La última vez que le escuchó gags admirables, corrosivos, fue en Así pasa cuando sucede (2009), y la última que verdaderamente se admiró con un producto alleniano redondo como pelota de tenis, contundente como revés de Federer, fue con Match Point (2005). El Woody Allen que dirige y actúa en De Roma con amor está apenas unas rayitas arriba del humor de la barra cómica de “El Canal de las Estrellas”. Órale. Se detiene este comentarista. Está cometiendo traición. Le retirarán la palabra sus compañeros de lucha. Mejor opta por decir que esta comedia no cambiará la vida de nadie, y que hará pasar un buen rato –no excelente, ni extraordinario– y que quién quita y las próximas vacaciones del director en Berlín, Tokio, Nueva Dehli o El Cairo, o su retorno a la Gran Manzana, nos devuelvan –al menos en algunas secuencias– al autor de Manhattan (1979), La rosa púrpura de El Cairo (1985), Hanna y sus hermanas (1986), y Crímenes y pecados (1989). Que no descanse en paz Woody Allen. No todavía. –Jordi Torre

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