julio 25, 2012

Un método peligroso o las nalgadas de David Cronenberg

Unas nalgadas que no provocan hematomas, ni hemorragias, vamos, ni siquiera un leve enrojecimiento, no son, no pueden ser, unas dignas nalgadas David Cronenberg. Unas nalgadas que no se ven –propinadas a unas nalguitas ocultas, tras bambalinas- que solo se escuchan y se confirman en un rostro a lo éxtasis de Santa Teresa de Bernini y en los jadeos entre dolorosos y placenteros de la flaquita Keira Knightley no son, creo, unas nalgadas marca David Cronenberg.

Se le criticará a este comentarista, tal vez con razón, que sufra una enfermiza obsesión por el Cronenberg más tremendista, con el autor desmedido y escatológico, el amante de las vísceras y de la carne y de todo lo que, a fin de cuentas, nos hace distintos de las cosas. El Cronenberg atildado que ahora nos cuenta Un método peligroso (A Dangerous Method, 2011), una historia de época en la que los protagonistas son, ni más ni menos, Sigmund Freud (Viggo Mortensen), Carl Gustav Jung (Michael Fassbender) y Sabina Spielrein (Keira Knightley) no hará que un solo individuo, o una sola pareja, abandone la sala o considere por un instante hacerlo, como en la inquietante Crash (1996). Éste es un Cronenberg bien portado. Maduro, ejem: el respetable abuelo que invitas a cenar a la casa para que te deleite con bonitas anécdotas.

Y a pesar de todo, de sentir que ha perdido, tal vez para siempre, a su autor provocador, a su esteta guerrillero, este comentarista invita al público a volverse voyeur, y entrometerse un rato en la vida de Fred, Jung y Spielrein y atisbar algunos momentos de su vida, y pensar en el masoquismo, y en el superyó, y en las pulsiones parricidas. Basada en The Talking Cure, una obra de teatro de Christopher Hampton que en sus orígenes fue un guión cinematográfico para el lucimiento de Julia Roberts, Un método peligroso es una mirada correcta, entretenida, no mucho más –vamos, hasta le hace falta intensidad dramática-, del periodo fundador del psicoanálisis desde la perspectiva del triángulo Freud-Jung-Spielrein y sustentado en la nutrida correspondencia entre un maestro y su discípulo que terminarían distanciados.

No poca cosa, sin embargo, es el rescate del olvido del excéntrico Otto Gross (un inspirado Vincent Cassell) que se antoja precursor de toda la contracultura. ¿Y qué, la gritona y pataleante histeria inicial de Sabina Spielrein, actuada por la niña Knightley, no pasa por buen material Cronenberg? A este comentarista más bien le dio pena ajena -y no por su verosimilitud-, por eso dice, también, que nein–Jordi Torre

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