septiembre 2, 2013

La humanidad de un monstruo (Hannah Arendt)

Tessy Schlosser

Hannah_Arendt_Film_Poster

Hannah Arendt

Dirección: Margarethe von Trotta

Duración: 113 minutos

No puedo ser imparcial. Hannah Arendt es la razón por la que me interesé en el estudio del poder y la inspiración para infinidad de debates sostenidos conmigo misma durante los últimos cinco años. Mi objetividad se quedó en la taquilla, cuando la semana pasada —como parte de la 12ª Semana de Cine Alemán— vi la película más reciente de Margarethe von Trotta: Hannah Arendt. Aquí mi opinión: la disfruté mucho.

La cinta comienza en silencio, con un hombre, un camino y un secuestro. El hombre, nos enteramos más tarde, es Adolf Eichmann; el camino, parte del territorio argentino, y el secuestro, una estrategia del servicio secreto israelí para juzgar al oficial Nazi. Si esto fue legal, justo o reprobable es aún debatido. La película no se mete en el dilema. En 1960, como menciona el personaje de Hannah Arendt interpretado apasionadamente por Barbara Sukowa, no existía crimen por el que se pudiera juzgar las atrocidades cometidas por el Nazismo. El secuestro, juicio y posterior ahorcamiento de Eichmann, periodo en el que se centra la película, fueron una declaración frente a los crímenes perpetuados en gran parte de Europa entre 1933 y 1945.

La inmigración de miles de europeos, entre ellos Hannah Arendt, a Estados Unidos fue una de las muchas consecuencias del Tercer Reich. La indignación, miedo y dolor provocados por las muertes perpetradas por el régimen y el sentimiento de traición que esto provocó en los emigrantes fueron otras. La complicada relación entre Arendt y Martin Heidegger (Klaus Pohl), su mentor y amante, es una excelente representación de aquello. A pesar de una extraña interpretación por parte de Pohl —el actor transmite una sensación de menester emocional; en lugar de la intelectualidad seductora que probablemente conquistó a la estudiante—, el personaje del filósofo personifica el controvertido amor y admiración que siente Arendt por la cultura y lengua alemanas, mismos que expresa en una entrevista realizada por Günter Gauss en 1964. La incomprensión de la alevosía derivó en una idea generalizada: los nazis no eran personas, sino encarnaciones del mal más puro. Hannah Arendt retó este supuesto con el reportaje que hizo sobre el juicio de Eichmann para la revista New Yorker. Con éste, la pensadora sentó las bases de su teoría de la Banalidad del mal, donde estipula que la verdadera radicalidad del mal yace en su simpleza: el no pensar.

El silencio, la lengua y la identidad están presentes durante toda la película. El choque entre la búsqueda de independencia y congruencia intelectual, el ego y la lealtad a las personas más que a las ideologías o naciones caracterizaron a la filósofa: la película logra plasmarlas en parte por medio del uso del lenguaje. Las conversaciones en alemán surgen frecuentemente como escenas enteras y fungen como nexo entre los amigos más que con Alemania. La película es un ir y venir entre el alemán y el inglés. Discutir en su lengua materna da a los expatriados una sensación de hogar, aunque éste se haya vuelto una noción borrosa en sus discusiones y excluya a otras personas queridas para Arendt, como lo fue la escritora Mary McCarthy (Janet McTeer). El idioma vuelve a jugar un papel interesante cuando William Shawn (Nicholas Woodson), el editor de New Yorker, menciona que nadie va a entender un término en griego del reportaje que entrega la filósofa sobre el juicio que presenció. Arendt responde a esto con un cortante “deberían aprender”. De este modo, el ego y soberbia de Arendt quedan simplemente como una nota al pie que nos hacen reír. Aún así, la lealtad en sus relaciones personales, su obstinación y fidelidad intelectual quedan bien retratadas.

“Pensar es un asunto solitario”, contesta Heidegger a la joven Arendt cuando ésta le pide consejo al respecto. El uso fílmico de von Trotta del cigarro, como símbolo de humanidad, de falibilidad, del pensamiento como un proceso, podría parecer un lugar común; sobre todo, si consideramos que éste iba acompañado recurrentemente de máquinas de escribir y montañas de papel. ¿Cómo se piensa?, se pregunta la directora. Depende de la persona. Algunos piensan pelando papas o en la regadera; el hecho de que von Trotta haya decidido retratar el pleito mental y emocional que acechó a la teórica política por medio del tabaco y la tinta ⎯del vicio⎯ da a la trama una sensación casi de película de acción.

Conforme a la misma teoría de Arendt, von Trotta muestra a Hannah, el ser humano, la persona que se rehusó a comprometer su filosofía política a la política. A pesar de la tentación, la directora no presentó a Arendt la mujer y la filósofa románticamente: sí lo hizo con la rebelde. El artículo de Eichmann en Jerusalem fue criticado por mucho más que el tono irónico de su autora y la terquedad emocional que se interponía en el juicio crítico de los judíos. El juicio (simbólico) a los crímenes del Nazismo que se dio en forma de la figura de Eichmann ventiló una compleja tragedia que había quedado silenciada por los ideales sionistas de resistencia. “Como ovejas al matadero” era una frase que se repetía comúnmente, cuando no se culpaba directamente a los sobrevivientes de cometer actos inmorales. El personaje de Kurt Blumenfeld (Michael Degen) lo dice en la película. Prostitutas y colaboradores, de esa forma se veía a las víctimas que seguían con vida: la supervivencia era vergonzante.

Hans Jonas (Ulrich Noethen), el amigo alemán de Arendt y también estudiante de Heidegger, fue un filósofo preocupado inmensamente por la responsabilidad moral de las acciones. La publicación de un artículo no académico que estipulaba que sin la colaboración de judíos en la maquinaria Nazi, ésta no hubiese sido tan eficiente es una aseveración filosóficamente extraordinaria, pero, dada la situación del momento y la visión de sus críticos, irresponsable. La sociedad israelí no era la única que necesitaba encarar la historia reciente, la investigación posterior de los crímenes en contra de la humanidad, los genocidios y la discriminación se deben también en parte a la apertura de los testimonios que el juicio (teatral, según califica el personaje de Arendt) de Eichmann propició.

La resistencia de Arendt a limitarse a su tiempo la convirtió en uno de los pensadores más relevantes del siglo XX. La teoría de una banalidad del mal ha ayudado sin duda a entender, más que a los crímenes como atrocidades inexplicables, como consecuencias de las acciones de los seres humanos. La intransigencia puede calificarse de subversión o heroísmo dependiendo de la boca con la que se lea. Pocos rebeldes han podido destapar la humanidad de un monstruo y la monstruosidad en cada humano con tanto éxito. No culpo a von Trotta por haberla vestido de mallas, ponerle una capa y hacerla su heroína. También es la mía.

Tessy Schlosser

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Un comentario a “La humanidad de un monstruo (Hannah Arendt)”


  1. José Antonio Meneses Rosas

    Decir excelente artículo es ser rutinario y casi vacio de opinión; sin embargo excelente en esta ocasión permítaseme decirlo va más alla de el comentario de la película pues retrata un momento en que la filósofa Hannah Arent es más que una mujer de carne y hueso en un ser superior. Se aprecia en ella, la comentarista, de la película un erudición fílmica y filosófica y por ello la felicito pues invita a buscar la cinta sobre el tema, a la mayor brevedad.